lunes, 29 de noviembre de 2010

Soy un vulgar

Acabo de descubrir el sábado que soy un cualquier cualquiera.
Fui a ver las marionetas gigantes. A decir verdad se me hizo un espectáculo del pueblo, vulgar, común. Ver como extraordinario algo físico, que bien a otra escala, no pasa de ser lo que se miraba en cualquier parque, con los vendedores de marionetas, esas de borrachitos.
¿Qué tiene de extraordinario que sean gigantes? ¿Qué es lo que no se pueda ver en cualquier otro lado?
En medio de la multitud, en medio de una pausa, cuando la marioneta del tío se “durmió”, dando descanso a aquel grupo de franceses que lo operaban. Me encontraba ahí entre la gente, preguntándome qué tenía de extraordinario esto, cuando vi a una señora ve a una señora, algo ya entrada en edad, que dijo: “ay, yo ya quisiera que se moviera, para verlo”.
El tono fue de una gran ilusión, como una niña esperando que lleguen los regalos de santa Claus, o de los reyes, o del niño Dios.
Y significaba bastante el tono, más que quién lo dijera, aunque lo aderezaba. La ilusión con que se dijo eso, era algo que echaba por tierra esa duda, era la ilusión de salirse de la rutina, y ver extraordinario algo por más común que fuera, porque era nuevo. Es más que lo que fue, el salirse de la rutina. Que fuera más que sólo trabajo y más trabajo, vivir más que lo que usualmente se vivía.
Y pude sentir en medio de la multitud, ese empuje, ese deseo de salirse de una rutina.
Las marionetas fueron un gasto de dinero con lo que los políticos tratan de distraer al pueblo. Un circo, ya que no hay mucho pan.
Si, puedo decir que disfruté de ir a ver las marionetas, a pesar de los fines, fue algo nuevo.
Soy del vulgo, soy común, un cualquier cualquiera se podría decir. 

miércoles, 25 de agosto de 2010

día de rabia

Hoy viendo la luna y fumando un cigarro que poco a poco me roba la vida, voy destilando odio, que realmente me quita vida.
Odio que no es odio, sino también es tristeza, por esa gran falta que no sé qué es. Una gran desazón y añoranza de no sé qué.
Siempre he tenido pocos amigos, y no me ha importado, ya que los poco que tengo son buenos amigos. Pero aún así, me entristece ver lo hipócrita que puede ser la gente. No busco más que respeto.
Soy capitalino, chilango para los provincianos. Ahí nací, en el DF. ¿Acaso importa? ¡¡Iros a la mierda idiotas!!

martes, 10 de agosto de 2010

Pérdidas

No he perdido nada, ya que nada tenía. Sólo que a veces lloro ese eterno hubiera que nos persigue a todos.
Ni mil vidas me bastarían para ver todo lo visible desde mi pequeña y modesta perspectiva, ni sentir todo lo que hubiera podido sentir; pero no puedo evitar mirar reflejos en espejos cóncavos y convexos de mis imaginaciones y sueños.
Lloro ahora esa posibilidad diáfana que se cuela entre las rendijas de mis ojos, y a veces hasta me envenena, poco a poco. Me invade esa duda del quizá.
Y es que está viva, la voy alimentando de suspiros rotos en medio de cada respiro dado a lo largo de horas desperdiciadas y días improductivos, de días azules depresivos de vivir en sueños, desperdiciando mi realidad dura pero cierta, en pos de un sueño sublime pero volátil.
Y aquí me despido, que me estrellé de repente con mi realidad, que el sueño es menos cierto de lo que me imaginaba, a pesar de ser alimentado de la realidad que le doy a cucharadas todos los días. Un collage de miradas de reojo, de poses, de lenguajes ocultos que parecían reveladores. Así que heme aquí, mal desencriptador de mi realidad, que he perdido por tratarse de un sueño.

viernes, 16 de julio de 2010

A fin de cuentas, un lobo estepario

No puedo decir que no lo he hecho, porque lo hice. Soy un ser de luz y sombras, que hasta ahora nada más ha dado tonos grises. Incierto entre dos certezas: Que me reclama mi naturaleza de animal, y que animal inmoral me denomina mi moralidad.
Soy sólo lo que soy, más nunca he sido lo que puedo ser. Me siento frustrado, solitario en medio dos polos ciertos, que no alcanzo a juntar. Pero que a la vez soy la conjunción incierta de ellos.
Por hoy, no tengo nada más que decir.

sábado, 10 de julio de 2010

La casa moribunda (semblanza)


Y sucede que estaba allí, solo, en ese cuarto abandonado, sin mi familia. A decir verdad nunca tuve una familia, o si la tuve, nada más fue la biológica.
Estoy solo con mi compañera, y mi compañía se ha multiplicado, porque ya somos tres (Hombre prevenido, vale por dos, hombre desprevenido vale por tres) Y como el tigre de santa Julia (y literal, ya que Julia es mi esposa) me agarraron a horcajadas y en mal momento. En nuestra soledad nos acompañamos yo y mi compañera, pero por azares del destino, vinimos a parar a aquí, a donde estábamos. Ambos lejos de nuestras familias. Me dio miedo la soledad con problemas, y envié a mi esposa de vuelta a su familia, mientras yo estaba terminando pendientes aquí.
Así es como llegué a la casa moribunda.
Al principio no me di cuenta, ya que se ve tan viva como las de los alrededores. O tan moribunda como las demás, ya que en la colonia se va acentuando un aire de decadencia de aquellas colonias que otrora tuvieron un buen momento, pero van al climaterio de su existencia.
No me di cuenta debido a que por suerte no me rentaron el cuarto que debieron haberme rentado. La dueña había salido en ese momento y quién se había quedado, una sobrina, se confundió entre los cuartos que se pueden rentar y los que no. Así que me rentó el cuarto que la misma dueña ocupa cuando hay visitas, mientras las visitas ocupan su cuarto. Un formalismo tapatío olvidado.
Como dicho cuarto estaba en el primer piso de los dos y la planta baja que con los que consta la casa, estaba apartado del centro, y le achacaba la falta de movimiento a la lejanía del centro. Con ventajas por otro lado, al estar arriba, las cucarachas no solían llegar ahí.
Después de un rato en el cuarto, la dueña, molesta de la intromisión en su espacio, amablemente me cambió a mi cuarto actual, a un lado de la cocina, al final del pasillo que da a la calle, en medio de la casa. Aquí me doy cuenta de lo moribunda que está.
La dueña a lo largo de su vida, y ha sido larga sino de tiempo, al menos de vivencias; adornó la casa con pertrechos suficientes para que estuviera bien por mucho tiempo, dejando algo de calidez en todos los rincones, haciendo pinturas, colgándolas y pintando las paredes de vivos colores. Eso me gustó de la casa, que no hay rincón que no tuviera detalle; a lo largo de todos los pasillos están los anaqueles donde se exhiben todas las paradas de la dueña: conchas de los dos océanos y de una veintena de playas, recuerdos simples de los sitios arqueológicos del país: cerámicas, estelas y esculturas de las culturas de Mesoamérica. Las fotos de sus hijos y de sus nietos, de ella misma, de ella en paños menores, ella semidesnuda o desnuda cuando lucía un cuerpo muy deseado por los hombres y ella junto a algunos suertudos que estuvieron allí.
Muy buenas fotos, me gustan.
Todo inútil al fin. Los inquilinos son como aquellas aves que huyen del invierno, se quedan un tiempo, pero se irán cuando el frío se acerque sólo un poco más. Últimos testigos de lo que era.
Nadie convive en la cocina, signo grande de la agonía de la casa. No hay un tendedero ¿Qué casa no tiene uno, sino aquella en la cual tal vez todos duerman, pero en realidad nadie habite? Por último, el signo más catastrófico de la inevitable muerte de la casa. Tan grande que García Márquez la cita como el fin del Macondo: Las hormigas rojas. En la casa se van multiplicando las hormigas. Al llegar al nuevo cuarto, puse una cerca, un perímetro de insecticida para disuadir a cuanto bicho pasara por ahí de entrar a molestar. Era principalmente por las cucarachas, que se cuelan por el drenaje y se juntan como parvada en los baños, y salen para todos lados cuando uno entra. Si a pesar del veneno hay hormigas en mi cuarto, significa que ya estaban ahí. Están por todos lados, lentamente socavando los cimientos de la casa, soñando que se convierte en un grandísimo hormiguero donde sólo mandan ellas.
El otro fatídico signo de la decadencia es la polilla. Siento que cada día tengo menos ropa y en cuanto bajo la guardia resulta que se comieron otra prenda que dejé por ahí, un tiempo sin utilizar. Incluso menos que eso, basta no ponerse una prenda una semana para que esta ya tenga un hoyo o dos, para que al sacudir el ropero salga una nube de polillas, como una nube de moscas saldría de un cadáver. Y resulta que el cadáver, es la casa.