Acabo de descubrir el sábado que soy un cualquier cualquiera.
Fui a ver las marionetas gigantes. A decir verdad se me hizo un espectáculo del pueblo, vulgar, común. Ver como extraordinario algo físico, que bien a otra escala, no pasa de ser lo que se miraba en cualquier parque, con los vendedores de marionetas, esas de borrachitos.
¿Qué tiene de extraordinario que sean gigantes? ¿Qué es lo que no se pueda ver en cualquier otro lado?
En medio de la multitud, en medio de una pausa, cuando la marioneta del tío se “durmió”, dando descanso a aquel grupo de franceses que lo operaban. Me encontraba ahí entre la gente, preguntándome qué tenía de extraordinario esto, cuando vi a una señora ve a una señora, algo ya entrada en edad, que dijo: “ay, yo ya quisiera que se moviera, para verlo”.
El tono fue de una gran ilusión, como una niña esperando que lleguen los regalos de santa Claus, o de los reyes, o del niño Dios.
Y significaba bastante el tono, más que quién lo dijera, aunque lo aderezaba. La ilusión con que se dijo eso, era algo que echaba por tierra esa duda, era la ilusión de salirse de la rutina, y ver extraordinario algo por más común que fuera, porque era nuevo. Es más que lo que fue, el salirse de la rutina. Que fuera más que sólo trabajo y más trabajo, vivir más que lo que usualmente se vivía.
Y pude sentir en medio de la multitud, ese empuje, ese deseo de salirse de una rutina.
Las marionetas fueron un gasto de dinero con lo que los políticos tratan de distraer al pueblo. Un circo, ya que no hay mucho pan.
Si, puedo decir que disfruté de ir a ver las marionetas, a pesar de los fines, fue algo nuevo.
Soy del vulgo, soy común, un cualquier cualquiera se podría decir.