viernes, 16 de julio de 2010

A fin de cuentas, un lobo estepario

No puedo decir que no lo he hecho, porque lo hice. Soy un ser de luz y sombras, que hasta ahora nada más ha dado tonos grises. Incierto entre dos certezas: Que me reclama mi naturaleza de animal, y que animal inmoral me denomina mi moralidad.
Soy sólo lo que soy, más nunca he sido lo que puedo ser. Me siento frustrado, solitario en medio dos polos ciertos, que no alcanzo a juntar. Pero que a la vez soy la conjunción incierta de ellos.
Por hoy, no tengo nada más que decir.

sábado, 10 de julio de 2010

La casa moribunda (semblanza)


Y sucede que estaba allí, solo, en ese cuarto abandonado, sin mi familia. A decir verdad nunca tuve una familia, o si la tuve, nada más fue la biológica.
Estoy solo con mi compañera, y mi compañía se ha multiplicado, porque ya somos tres (Hombre prevenido, vale por dos, hombre desprevenido vale por tres) Y como el tigre de santa Julia (y literal, ya que Julia es mi esposa) me agarraron a horcajadas y en mal momento. En nuestra soledad nos acompañamos yo y mi compañera, pero por azares del destino, vinimos a parar a aquí, a donde estábamos. Ambos lejos de nuestras familias. Me dio miedo la soledad con problemas, y envié a mi esposa de vuelta a su familia, mientras yo estaba terminando pendientes aquí.
Así es como llegué a la casa moribunda.
Al principio no me di cuenta, ya que se ve tan viva como las de los alrededores. O tan moribunda como las demás, ya que en la colonia se va acentuando un aire de decadencia de aquellas colonias que otrora tuvieron un buen momento, pero van al climaterio de su existencia.
No me di cuenta debido a que por suerte no me rentaron el cuarto que debieron haberme rentado. La dueña había salido en ese momento y quién se había quedado, una sobrina, se confundió entre los cuartos que se pueden rentar y los que no. Así que me rentó el cuarto que la misma dueña ocupa cuando hay visitas, mientras las visitas ocupan su cuarto. Un formalismo tapatío olvidado.
Como dicho cuarto estaba en el primer piso de los dos y la planta baja que con los que consta la casa, estaba apartado del centro, y le achacaba la falta de movimiento a la lejanía del centro. Con ventajas por otro lado, al estar arriba, las cucarachas no solían llegar ahí.
Después de un rato en el cuarto, la dueña, molesta de la intromisión en su espacio, amablemente me cambió a mi cuarto actual, a un lado de la cocina, al final del pasillo que da a la calle, en medio de la casa. Aquí me doy cuenta de lo moribunda que está.
La dueña a lo largo de su vida, y ha sido larga sino de tiempo, al menos de vivencias; adornó la casa con pertrechos suficientes para que estuviera bien por mucho tiempo, dejando algo de calidez en todos los rincones, haciendo pinturas, colgándolas y pintando las paredes de vivos colores. Eso me gustó de la casa, que no hay rincón que no tuviera detalle; a lo largo de todos los pasillos están los anaqueles donde se exhiben todas las paradas de la dueña: conchas de los dos océanos y de una veintena de playas, recuerdos simples de los sitios arqueológicos del país: cerámicas, estelas y esculturas de las culturas de Mesoamérica. Las fotos de sus hijos y de sus nietos, de ella misma, de ella en paños menores, ella semidesnuda o desnuda cuando lucía un cuerpo muy deseado por los hombres y ella junto a algunos suertudos que estuvieron allí.
Muy buenas fotos, me gustan.
Todo inútil al fin. Los inquilinos son como aquellas aves que huyen del invierno, se quedan un tiempo, pero se irán cuando el frío se acerque sólo un poco más. Últimos testigos de lo que era.
Nadie convive en la cocina, signo grande de la agonía de la casa. No hay un tendedero ¿Qué casa no tiene uno, sino aquella en la cual tal vez todos duerman, pero en realidad nadie habite? Por último, el signo más catastrófico de la inevitable muerte de la casa. Tan grande que García Márquez la cita como el fin del Macondo: Las hormigas rojas. En la casa se van multiplicando las hormigas. Al llegar al nuevo cuarto, puse una cerca, un perímetro de insecticida para disuadir a cuanto bicho pasara por ahí de entrar a molestar. Era principalmente por las cucarachas, que se cuelan por el drenaje y se juntan como parvada en los baños, y salen para todos lados cuando uno entra. Si a pesar del veneno hay hormigas en mi cuarto, significa que ya estaban ahí. Están por todos lados, lentamente socavando los cimientos de la casa, soñando que se convierte en un grandísimo hormiguero donde sólo mandan ellas.
El otro fatídico signo de la decadencia es la polilla. Siento que cada día tengo menos ropa y en cuanto bajo la guardia resulta que se comieron otra prenda que dejé por ahí, un tiempo sin utilizar. Incluso menos que eso, basta no ponerse una prenda una semana para que esta ya tenga un hoyo o dos, para que al sacudir el ropero salga una nube de polillas, como una nube de moscas saldría de un cadáver. Y resulta que el cadáver, es la casa.